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De adioses y de brumas...



Brotará de la sangre ternura,
inocencia y espejos;
donde irán a correr travesuras
nuevos niños y viejos.
Servirá de señal cada huella
de las horas felices;
Se sabrá tanto de las estrellas,
como de cicatrices.

(Rosana, Silvio Rodríguez).

Balada de un adiós y un tango desvanecido...

Si usted supiera caballero, se sorprendería. Si usted supiera, reiría, gozaría y cantaría de alegría cada medio minuto.
Si usted supiera como me perturba su presencia, su mirada, sus labios trémulos que en silencio y a distancia desliza sobre mi espalda. Si usted supiera como un inaudito deseo me crece en el cuerpo, en los ojos y en las palabras. Si se percatara de la bruma que causa en mis palabras, en mis decisiones difíciles y en mis ansias desbordadas... si lo supiera como se mofaría de sus logros ante esta dama, ante lo que puede llamar una buena conquista, un haber en su lista de amores amargos. Y uno muy bueno, usted mismo lo sabe.

Si usted supiera como se ve de inverosímil al tirar palabras y actos que desvanecen con el paso de las horas, siguiendo los mismos pasos que tantos antes. Mismo discurso, distintos escenarios: Un fantasma más en este mundo de sombras.

Si percibiera como deja ir su vida errando los mismos rumbos, como continúa jugando en una cuerda floja que le hace daño; como es conciente del daño y como se hace de oídos sordos ante el canto de sus propias lágrimas. Si usted supiera como desvanece su sueño, su idilio, su magia. Si viera como se derrite, como se extingue a medida que complementa con actos sus palabras. Ni poco sospecha como lo veo, como lo extraño, como lo considero, como no lo quiero ni un poco y puedo llegar hasta a... olvidarlo. Como lo beso en la ausencia, como lo toco a deshoras, con la certeza de que su presencia es más un daño que un milagro, como antes lo hubiese pensado.

Si viese, señor, como el mundo abre los ojos y se da cuenta de este idilio. Como se devela esta dramaturgia de sábados atardecidos y domingos estrellados. Si usted viera como los fantasmas me advierten que el rumbo que tomo no tiene un fin dado, y que no lo tendrá. Y yo que lo sé, que con certeza lo pruebo porque ya conozco parte de lo humano.

Y si usted supiera, maldita sea, cuantos ojos me observan, con deseo, con dulzura o con simple curiosidad se sorprendería aún más: no son pocos y tampoco vagos... son almas y muchas de ellas interesantes. Pero yo estoy cegada por un no sé que inverosímil que me impide dejarlo. Y sabiendas de un té compartido entre tres, me tienta a seguirle los pasos, a seguirle la voz en noches cansadas y los susurros estancados al otro lado de su bocina telefónica. Pervive un insoportable sortilegio que me hace caer ante sus brazos, que me hace extenderle las alas, abrirle los ojos y besarlo, por Dios, besarlo y besarlo; beber el manjar de su nunca jamás, beber su exquisito veneno, sus verdades interminables; permitirle palpar los valles de mi cuerpo por este inaudito deseo, acariciar sus cantos y recordarlos a distancia sólo por sus hechos a medias.

Sí supiese ser sincero y consecuente, no estaría aquí seguramente. Estaría en un valle de lirios y margaritas, ignorando como sería una tarde de sábanas frías. Caballero, a veces pienso que es usted demasiado impuro para estos ojos, demasiado extraño para estos senderos... Caballero, usted no cabe; a duras penas y lo quiero tanto.
¿Qué ha hecho a traspiés para llegar hasta acá? Tanto me lo pregunto...

Caballero, deseado y extrañado caballero, por favor, suélteme las alas. Por favor suélteme las ansias, suélteme el alma, el amor, el deseo. Suelte pronto estas palabras, déjelas ir, déjeme ir, y olvide mis besos de plata. Regrese con su princesa oscurecida, con sus juegos de damas chinas, cruzadas con fantasmas. Márchese y lleve consigo sus aromas, sus gustos, sus efímeras palabras. Deje ir recuerdos de fantasmas. Deje ir la vida, deje ir el sueño, deje ir, por Dios, déjeme caer lejos. Déjeme volar hasta velocidades exquisitas. Adiós, le digo adiós. Adiós por favor, cierre la puerta y olvide mis ansias.

Sólo me queda decir que si usted supiera como lo quiero, como lo odio y como lo desvanezco, caería de impresión y no creería… ¡No entendería…! Que de todo lo que grito, lo único que con sinceridad le digo es: Adiós, por favor. Sí llegara a escucharlo, de seguro no comprendería, pues los pasos errantes, son tan efímeros y vagos como los amores contrariados.

Que pase buena noche y le acompañe su hermosa sombra.




�A veces, cuando en alta noche tranquila,
sobre las teclas vuela tu mano blanca,
como una mariposa sobre una lila
y al teclado sonoro notas arranca� (Jos� Asunci�n Silva).



«¡Cómo tendéis las alas, ensueños vanos,
cuando sobre las teclas vuelan tus (sus) manos!»
José Asunción Silva.


Un abanico de luz se te abre en los ojos, una luz de penumbra ausente se te agolpa en los silencios y tus ojos de cielo están abiertos, con la luz de luna sobre ellos.
Tus manos de un frío tenue, se deslizan como un arco de viola acariciando mi piel. El contacto del tacto sobre mis hombros, tus dedos como alas irreversibles y tus besos en susurros, mientras las teclas del piano se hunden silenciosas.

Todo un silencio canta y las horas se deshacen entre las sombras, mientras la risa se pierde en el eco de la noche que nace. Yacen dos olas en un mar intangible, dos siluetas como vigías sobre el alféizar.
Un ensueño mientras tanto, en un pequeño rato, mientras un frío ajeno se asoma a vernos,
mientras algunas melodías surgen de los cuerpos,
y somos música
y podemos cantar.
Y de repente somos dos briznas de aire, danzando en la oscuridad.



♪�Con lo pequeno que es el tiempo, quien recogera el perdido? ♫ ... Deja que te cuide las alas, tus alas... ♪ Deja que te acompane, no es momento de estar sola... ♫


El señor ángel miraba entre sus dedos la muchacha sonriente. La miraba ausente, como un perfil entre la lluvia. Miraba sus pasos de plata, su mirada ausente y sepia, mientras el ocaso le paseaba alrededor.
Si ella supiera que puede verla usted señor Ángel silencioso, si tuviera la certeza de sus ojos, tanta lágrima invisible sería historia y toda esta agonía un largo sueño de una noche de invierno. Si ella lo supiera, ay Ángel…
Pero en vista de tanto imposible, el señor ángel la observa con su bella tristeza, con su voz vaga atravesando un alféizar. Y la observa mientras pasa…

Y la dama taciturna, juguetea con sus recuerdos a la sombra. Tras los pasos de un trancón inútil, de un compromiso lejano y de un reloj atafagado de un tiempo pequeño, por los juegos de la memoria de un ausente.
Ella pasa y piensa en el ángel que no sabe que la ha visto. Roza sus dedos en el aire, y un piano con presencia de fantasma se agolpa en su mente. Tal vez ella sepa que él está allí, tal vez sepa que esto sólo es un mal sueño. Que abrirá los ojos a un nuevo cielo, donde empieza a amanecer.
Pero ella sabe que es mentira, o que la verdad al menos es ilusión, o algún verso tardío.

Y de repente la noche se viene, ella de golpe despierta, y el ángel yace ante ella. Duerme ante ese templo de lágrima y madera, de música y deshoras, y un tanto de luto a su lado. Los ángeles cantan en silencio. Y dicen que les gusta dejar su sonrisa impregnada de amaneceres sobre los vestigios de algunas glorias, que cuando ríen suena música y cuando cantan, ciertos versos se ahuyentarán y otros ante su presencia… se cansarán de cantar…




Y en silencio se desvanecen...


Traes en los ojos una auténtica multitud errante. Le escapas a un recuerdo (o a tantos) del cual buscas ecos siempre. Sí, los has encontrado en los días; en poemas; en brumas viajeras; a veces en cabellos oscuros; en dedos sobre teclas de piano y a veces aquí, en el centro de mis labios, así no los hayas tocado, ni en sueño errante, ni en algún deseo equivocado.

Puedo verte bien. Traes los ojos brillantes de ver tantas sombras; las personas somos tan sólo reflejos de tu memoria. Buscas aquí lo que un día viste desvanecer palpándolo.

Y yo,
de pie,
y aquí,
soy tan sólo un eco más de los retazos de tu invisible historia.
Mírame aquí,
ante ti
y danzo a tu nombre como una sombra.

A veces, cuando de repente percibes estre brillo enardecido sobre mis ojos, te escabulles entre sonidos turbios y aguas para chocolate.

A veces, a veces lo sé tanto...
Sé, como sabes que sé que no soy más que ello: La muda sombra. Un ensueño tenue, una amiga dulce y si acaso una voz suave en el interludio de tus diálogos de remebranzas: La luz azul de una pintura de Rembrandt.

A veces, también, vuelves a verme y sueltas algunas letras, mientras te sobresaltas. Un silencio turbio precede la instancia y mi silueta de nuevo se torna esquiva, de nuevo brota la sombra instantánea.

Huye pues, no soy quien para retener tu memoria. Pronto verás con claridad lo que aquí reposa.

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